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Trabajar más rápido no siempre significa trabajar mejor

 

En muchas empresas, cuando aumenta la carga de trabajo aparece una instrucción casi automática:

“Tenemos que hacerlo más rápido.”

Hay más pedidos.

Más clientes.

Más solicitudes.

Más actividades pendientes.

Y la primera reacción consiste en pedirle a la organización que acelere.

Durante algún tiempo puede funcionar.

Las personas se esfuerzan más, reducen pausas, atienden varias actividades simultáneamente y consiguen sacar adelante la operación.

Pero existe un punto en el que aumentar la velocidad deja de mejorar los resultados y comienza a generar nuevos problemas.

Porque trabajar más rápido y trabajar mejor no son necesariamente lo mismo.

Estar ocupado no es sinónimo de ser productivo

Una operación puede verse extraordinariamente activa.

Personas caminando de un lado a otro.

Teléfonos sonando.

Mensajes constantes.

Reuniones.

Urgencias.

Documentos esperando autorización.

Pedidos que deben salir inmediatamente.

Desde afuera, todo parece indicar productividad.

Sin embargo, la pregunta importante no es cuánto movimiento existe.

La pregunta es:

¿Cuánto de ese esfuerzo realmente está generando valor?

Una persona puede trabajar intensamente durante diez horas y dedicar una parte considerable de ese tiempo a buscar información, corregir errores, esperar autorizaciones, resolver aclaraciones o repetir actividades.

Hubo mucho trabajo.

Pero no necesariamente hubo la misma cantidad de resultados.

La velocidad puede trasladar el problema

Imagine un área que recibe presión para procesar más solicitudes diariamente.

El equipo acelera.

Logra incrementar considerablemente la cantidad de trabajo que envía al siguiente departamento.

Aparentemente, mejoró su productividad.

Pero el área siguiente no tiene capacidad para procesar ese volumen.

Entonces comienza a acumularse trabajo pendiente.

El problema no desapareció.

Simplemente cambió de lugar.

Esto ocurre con frecuencia cuando cada departamento intenta optimizar sus propios resultados sin observar el flujo completo de la operación.

Una parte de la empresa puede trabajar más rápido y, paradójicamente, provocar que el resultado final tarde más.

Cuando aceleramos demasiado, los errores también pueden acelerarse

La presión constante por velocidad tiene otra consecuencia.

Las personas comienzan a omitir verificaciones.

Toman decisiones con información incompleta.

Realizan varias actividades simultáneamente.

Reducen controles.

Postergan tareas que consideran menos urgentes.

Y durante algún tiempo parece que estamos produciendo más.

Hasta que aparecen los errores.

Entonces debemos corregir.

Revisar.

Reprocesar.

Explicar.

Volver a producir.

Y aquella velocidad que inicialmente parecía generar productividad termina creando trabajo adicional.

Hacer algo rápidamente pierde valor si después tenemos que hacerlo nuevamente.

El cuello de botella determina buena parte de la capacidad

Una organización no necesariamente mejora porque todas sus áreas trabajen al máximo de velocidad.

En cualquier operación existen puntos que condicionan el flujo.

Puede ser una máquina.

Una autorización.

Una persona con conocimiento especializado.

Una inspección.

Un sistema.

Una decisión gerencial.

Una etapa del proceso.

Si ese punto solamente puede procesar determinada cantidad de trabajo, incrementar indiscriminadamente la velocidad antes de él puede producir únicamente acumulación.

Es parecido a una carretera que pasa de cuatro carriles a uno.

Aumentar la cantidad de automóviles que llegan al estrechamiento no consigue que todos lleguen antes.

Produce una fila mayor.

En las empresas ocurre algo similar.

Antes de exigir más velocidad, conviene identificar qué está limitando realmente la capacidad.

La multitarea también tiene un costo

Cuando existe demasiada presión, las personas comienzan a trabajar en varias cosas simultáneamente.

Un correo.

Una llamada.

Un reporte.

Una solicitud urgente.

Regresan al reporte.

Llega otro mensaje.

Atienden una reunión.

Después intentan recordar dónde habían dejado la actividad anterior.

Aparentemente están atendiendo muchas cosas.

En realidad, están cambiando constantemente de contexto.

Cada interrupción consume atención y aumenta la posibilidad de errores.

Por eso una organización saturada puede llegar a una situación paradójica:

todos están trabajando y pocas cosas terminan.

El problema ya no es falta de esfuerzo.

Es falta de flujo.

Producir más de lo necesario tampoco siempre es mejorar

Existe otra idea que merece atención:

“Si podemos hacer más, hagamos más.”

Pero producir antes de necesitar algo también puede generar costos.

Inventarios.

Espacio ocupado.

Información que después debe actualizarse.

Productos esperando.

Documentos acumulados.

Trabajo que quizá tendrá que modificarse.

La eficiencia no consiste únicamente en maximizar la actividad de cada recurso.

Consiste en conseguir que el trabajo avance de manera coordinada hacia un resultado que alguien necesita.

La calidad y la productividad no deberían competir

En ocasiones se plantea una falsa elección:

“¿Queremos calidad o queremos velocidad?”

Una operación bien diseñada debería buscar ambas.

Porque la calidad no es únicamente una inspección al final del proceso.

También significa realizar correctamente las actividades desde su origen, reducir variabilidad, establecer criterios claros y evitar condiciones que generen errores.

Cuando hacemos esto, la calidad puede convertirse en una fuente de productividad.

Menos errores significan menos correcciones.

Menos correcciones liberan capacidad.

Mayor capacidad permite atender más trabajo.

Y entonces la empresa puede aumentar resultados sin depender exclusivamente de pedirle a las personas que trabajen más rápido.

Antes de acelerar, conviene observar

Cuando una operación comienza a saturarse, antes de incrementar la presión podríamos formular algunas preguntas:

¿Dónde se está acumulando el trabajo?

¿Qué actividades están esperando?

¿Qué errores generan retrabajo?

¿Qué autorizaciones retrasan el flujo?

¿Qué información llega incompleta?

¿Dónde existen interrupciones constantes?

¿Qué actividad limita actualmente la capacidad?

¿Qué tareas realizamos que no agregan valor al resultado final?

Estas preguntas cambian completamente la conversación.

Ya no estamos preguntando solamente:

“¿Cómo hacemos para que la gente trabaje más rápido?”

Estamos preguntando:

“¿Cómo conseguimos que el trabajo fluya mejor?”

La excelencia operativa busca flujo, estabilidad y mejora

Una empresa competitiva necesita velocidad.

Los clientes esperan respuestas oportunas.

Los mercados cambian.

Los tiempos de entrega importan.

Pero la velocidad sostenible no se obtiene únicamente presionando a las personas.

Se construye eliminando obstáculos.

Reduciendo desperdicios.

Simplificando actividades.

Aclarando responsabilidades.

Disminuyendo variabilidad.

Previniendo errores.

Identificando restricciones.

Mejorando continuamente la forma en que se realiza el trabajo.

Cuando eso ocurre, la organización puede conseguir algo mucho más valioso que simplemente trabajar más rápido:

puede producir mejores resultados utilizando mejor sus recursos.

La pregunta no es qué tan rápido trabajamos

Observe por un momento su propia organización.

¿Las personas están permanentemente ocupadas?

¿Existen muchas urgencias?

¿Se trabaja bajo presión?

¿Todos sienten que necesitan hacer las cosas más rápido?

Si la respuesta es afirmativa, quizá no necesite aumentar todavía más la velocidad.

Tal vez necesite analizar qué está impidiendo que todo ese esfuerzo se convierta en mejores resultados.

Porque una empresa puede acelerar durante algún tiempo mediante presión y esfuerzo extraordinario.

Pero la verdadera excelencia operativa comienza cuando deja de depender de ello.

Trabajar más rápido puede ayudarnos a producir más.

Trabajar mejor nos permite producir más, con mayor calidad, menor desperdicio y de manera sostenible.

Y entre ambas alternativas existe una diferencia fundamental:

la primera exige permanentemente más esfuerzo; la segunda mejora la manera en que ese esfuerzo se convierte en resultados.

 

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Lic. Pablo Corona Díaz
Fundador & CEO de Impulsa y Crece®
Creador del Sistema Impulsa 360®
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