SERIE 2 | Cuando la empresa crece, pero la organización no Edición No. 005


 

La empresa ya no necesita trabajar más… necesita trabajar mejor

Por el Lic. Pablo Corona Díaz

Impulsa y Crece®

Durante muchos años, trabajar más probablemente fue parte de la respuesta.

Había que conseguir clientes.

Vender.

Entregar.

Cobrar.

Resolver problemas.

Contratar personas.

Abrir mercados.

Comprar equipo.

Atender personalmente prácticamente todo.

Y ese esfuerzo permitió que la empresa creciera.

Pero llega un momento en la vida de muchas organizaciones en el que trabajar más deja de ser suficiente.

Las jornadas son más largas.

Los gerentes están saturados.

Los colaboradores tienen demasiados pendientes.

Las reuniones aumentan.

Los mensajes nunca terminan.

El director trabaja prácticamente todo el día.

Y, sin embargo, existe la sensación de que la empresa cada vez exige más esfuerzo simplemente para mantenerla funcionando.

Entonces aparece una pregunta incómoda:

Si todos estamos trabajando tanto, ¿por qué sentimos que cada vez resulta más difícil avanzar?

Quizá porque la empresa llegó a una etapa diferente.

Una etapa en la que crecer ya no depende principalmente de aumentar el esfuerzo.

Depende de aumentar la capacidad de la organización.

 

El esfuerzo fue indispensable para llegar hasta aquí

Sería injusto criticar la manera en que muchas empresas construyeron su crecimiento.

En sus primeros años probablemente no existían suficientes recursos.

Las personas hacían varias funciones.

El propietario resolvía prácticamente todo.

Las decisiones se tomaban sobre la marcha.

Los procesos eran flexibles.

Había que reaccionar rápidamente.

Y cuando aparecía una oportunidad, simplemente había que aprovecharla.

Ese espíritu emprendedor tiene un enorme valor.

Sin él, muchas empresas jamás habrían sobrevivido.

El problema comienza cuando aquello que permitió superar una etapa se convierte en la única manera conocida de operar.

La empresa crece.

Pero la respuesta continúa siendo:

más horas,

más esfuerzo,

más personas,

más presión,

más supervisión,

más reuniones,

más urgencia.

Hasta que llega un momento en que ya no existe mucho más esfuerzo que agregar.

 

Hay un límite para trabajar más

Una persona puede incrementar temporalmente su carga de trabajo.

Un equipo puede realizar un esfuerzo extraordinario para cumplir un proyecto.

Una empresa completa puede reaccionar ante una situación excepcional.

Pero ninguna organización puede construir su crecimiento indefinidamente sobre esfuerzos extraordinarios.

Porque aquello que inicialmente era excepcional comienza a convertirse en normal.

Salir tarde se vuelve habitual.

Trabajar fines de semana deja de sorprender.

Los mensajes fuera de horario aumentan.

Las vacaciones se interrumpen.

Las reuniones ocupan espacios que antes servían para trabajar.

Y los colaboradores más comprometidos reciben cada vez más responsabilidades precisamente porque sabemos que responden.

La empresa continúa avanzando.

Pero lo hace mediante una presión creciente.

Eso no necesariamente representa capacidad.

Puede representar sobrecarga.

 

Más personas tampoco garantizan mayor capacidad

Cuando la empresa está saturada, una de las primeras soluciones suele ser contratar.

Y muchas veces será necesario.

Pero existe una diferencia importante entre aumentar el número de personas y aumentar la capacidad de una organización.

Si incorporamos más colaboradores a procesos deficientes, tendremos más personas participando en procesos deficientes.

Si las responsabilidades son confusas, tendremos más personas intentando entender quién debe hacer qué.

Si todas las decisiones llegan a los gerentes, tendremos equipos más grandes esperando las mismas decisiones.

Si todo termina en el director, tendremos más personas generando asuntos que finalmente llegarán al mismo escritorio.

La estructura aumenta.

La nómina aumenta.

La complejidad aumenta.

Pero la capacidad no necesariamente aumenta en la misma proporción.

Por eso antes de preguntar:

“¿A quién más necesitamos contratar?”

conviene preguntar:

“¿Qué nos está impidiendo aprovechar mejor la capacidad que ya tenemos?”

 

Crecer también significa dejar de depender del esfuerzo individual

En las organizaciones pequeñas, muchas cosas funcionan gracias a determinadas personas.

Alguien recuerda.

Alguien supervisa.

Alguien corrige.

Alguien da seguimiento.

Alguien sabe cómo hacerlo.

Alguien resuelve cuando los demás no pueden.

Y durante mucho tiempo eso funciona.

Pero conforme la empresa crece, depender del esfuerzo individual comienza a generar fragilidad.

Porque el crecimiento sostenible requiere algo más.

Necesita responsabilidades claras.

Procesos capaces de repetirse.

Información confiable.

Mandos que puedan decidir.

Equipos que sepan coordinarse.

Conocimiento que permanezca en la organización.

Seguimiento.

Y capacidad para aprender de los problemas.

No se trata de eliminar el talento individual.

Se trata de conseguir que el talento individual produzca capacidad colectiva.

 

Una empresa ocupada no necesariamente es una empresa productiva

Existe una diferencia entre actividad y resultado.

Una persona puede contestar cincuenta correos, participar en seis reuniones, atender diez llamadas y terminar el día completamente agotada.

Ha trabajado.

Eso es indiscutible.

Pero la pregunta empresarial es otra:

¿Qué resultado produjo todo ese esfuerzo?

Lo mismo ocurre con una organización.

Puede estar permanentemente ocupada y, al mismo tiempo:

tener retrasos,

repetir errores,

generar reprocesos,

mantener inventarios innecesarios,

perder tiempo esperando autorizaciones,

realizar reuniones improductivas,

buscar información,

duplicar actividades

y resolver continuamente los mismos problemas.

Entonces trabajar más rápido solamente significa hacer más rápido aquello que quizá deberíamos hacer de otra manera.

 

Antes de pedir más esfuerzo, conviene observar cómo estamos trabajando

Cuando los resultados no llegan, la reacción más sencilla consiste en pedir mayor compromiso.

“Necesitamos acelerar.”

“Hay que ponerse las pilas.”

“Tenemos que trabajar más.”

“Necesito mayor seguimiento.”

“Esto tiene que salir.”

Puede funcionar temporalmente.

Pero si constantemente necesitamos presionar para que el sistema produzca resultados, quizá el problema no sea únicamente la actitud de las personas.

Conviene observar:

¿Dónde se pierde tiempo?

¿Qué actividades se repiten innecesariamente?

¿Dónde esperan las personas?

¿Qué decisiones se retrasan?

¿Qué errores generan trabajo adicional?

¿Qué información se captura varias veces?

¿Qué procesos dependen de demasiadas autorizaciones?

¿Qué reuniones podrían evitarse?

¿Qué problemas consumen tiempo todas las semanas?

Preguntas como éstas cambian el enfoque.

Dejamos de observar únicamente cuánto trabaja la gente y comenzamos a observar cómo trabaja la organización.

 

Trabajar mejor también significa decidir mejor

Muchas horas se pierden no realizando actividades, sino esperando decisiones.

Esperando una autorización.

Una respuesta.

Una firma.

Una confirmación.

Una reunión.

La disponibilidad de determinada persona.

En una empresa pequeña esto puede pasar inadvertido.

En una organización mayor, miles de pequeñas esperas pueden representar una enorme pérdida de capacidad.

Por eso trabajar mejor también requiere revisar cómo se toman las decisiones.

¿Quién puede decidir qué?

¿Cuándo debe intervenir un gerente?

¿Qué decisiones corresponden realmente al director?

¿Qué información necesita cada responsable?

¿Qué límites deben existir?

Una organización aumenta su velocidad no solamente cuando las personas trabajan más rápido.

También cuando las decisiones correctas pueden tomarse en el nivel correcto.

 

Trabajar mejor significa dejar de pagar varias veces por el mismo problema

Cada problema recurrente consume recursos.

La primera vez cuesta.

La segunda vuelve a costar.

La tercera también.

Y si continúa apareciendo durante años, la empresa puede terminar pagando decenas de veces por una causa que nunca eliminó.

Horas de trabajo.

Reprocesos.

Desperdicio.

Descuentos.

Entregas urgentes.

Tiempo gerencial.

Reclamaciones.

Pérdida de clientes.

El costo se distribuye tanto que puede dejar de percibirse.

Pero continúa existiendo.

Una organización que aprende no solamente pregunta:

“¿Cómo resolvemos esto hoy?”

También pregunta:

“¿Qué debemos cambiar para no volver a pagar mañana por el mismo problema?”

 

Trabajar mejor significa aprovechar lo que la empresa ya sabe

Durante años, una organización acumula experiencia.

Ha cometido errores.

Ha encontrado soluciones.

Ha conocido clientes.

Ha desarrollado personas.

Ha perfeccionado actividades.

Ha descubierto qué funciona y qué no.

Todo ese conocimiento tiene valor.

Pero solamente produce capacidad organizacional cuando puede compartirse.

Si cada departamento vuelve a descubrir soluciones que otro ya encontró, existe desperdicio.

Si cada nuevo colaborador comienza prácticamente desde cero, existe desperdicio.

Si los errores del pasado vuelven a cometerse porque nadie conservó el aprendizaje, existe desperdicio.

Crecer también significa convertir experiencia en conocimiento útil para toda la organización.

 

Trabajar mejor no significa trabajar menos

Es importante hacer esta distinción.

El objetivo no consiste en crear una empresa cómoda.

Una organización competitiva necesita disciplina.

Compromiso.

Exigencia.

Responsabilidad.

Velocidad.

Y orientación a resultados.

Pero existe una enorme diferencia entre exigir resultados y depender permanentemente del sacrificio.

Las mejores organizaciones no eliminan el esfuerzo.

Consiguen que el esfuerzo produzca más.

Una hora dedicada a prevenir puede evitar muchas horas corrigiendo.

Una responsabilidad clara puede eliminar decenas de preguntas.

Una decisión correctamente delegada puede evitar múltiples esperas.

Un proceso mejor diseñado puede reducir errores durante años.

Un gerente desarrollado puede multiplicar la capacidad de todo un equipo.

Ahí comienza otra forma de crecer.

 

El siguiente nivel exige una organización diferente

Esta serie comenzó con una situación muy común:

la empresa creció, pero seguimos trabajando como cuando éramos pequeños.

Después observamos algunas de sus consecuencias.

Tenemos gerentes, pero demasiadas decisiones siguen dependiendo del director.

Tenemos personas extraordinariamente valiosas, pero parte del conocimiento crítico vive solamente en ellas.

Todos trabajan intensamente, pero muchos problemas continúan apareciendo una y otra vez.

Estos síntomas pueden parecer independientes.

No siempre lo son.

En conjunto pueden estar indicando algo mucho más importante:

la empresa llegó a un tamaño que exige una forma diferente de organizarse.

No necesariamente más burocrática.

No necesariamente más complicada.

Simplemente más madura.

 

El crecimiento organizacional también debe ser intencional

Las ventas pueden crecer porque aparece un gran cliente.

La plantilla puede crecer porque aumenta la operación.

Las instalaciones pueden crecer porque necesitamos espacio.

Pero la capacidad organizacional pocas veces crece automáticamente.

Hay que desarrollarla.

Las personas necesitan crecer.

Los mandos necesitan evolucionar.

Los procesos necesitan revisarse.

Las responsabilidades necesitan clarificarse.

Las decisiones necesitan distribuirse adecuadamente.

El conocimiento necesita conservarse.

Los problemas necesitan convertirse en aprendizaje.

Y la dirección necesita transformar progresivamente su propia función.

Ese crecimiento es menos visible que inaugurar una planta o abrir una nueva sucursal.

Pero puede ser mucho más determinante para el futuro.

 

La pregunta ya no es cuánto más podemos hacer

Quizá durante años la pregunta empresarial fue:

¿Cómo podemos vender más?

Después:

¿Cómo podemos producir más?

¿Cómo podemos atender más clientes?

¿Cómo podemos crecer más rápido?

Todas continúan siendo preguntas importantes.

Pero cuando la empresa alcanza determinado nivel aparece otra:

¿Tenemos una organización capaz de sostener lo que estamos construyendo?

Porque crecer sin desarrollar capacidad puede aumentar ventas y al mismo tiempo aumentar problemas.

Puede incrementar la plantilla y reducir la coordinación.

Puede generar más clientes y deteriorar el servicio.

Puede aumentar ingresos y disminuir rentabilidad.

Puede hacer más grande la empresa sin hacerla necesariamente más fuerte.

 

REFLEXIÓN EJECUTIVA

Imagine su empresa dentro de tres años.

Más clientes.

Más ventas.

Más colaboradores.

Más operaciones.

Quizá nuevas instalaciones, productos o mercados.

Ahora imagine que continúa trabajando exactamente como hoy.

Las mismas decisiones.

Los mismos procesos.

La misma dependencia de determinadas personas.

Los mismos problemas recurrentes.

La misma cantidad de asuntos llegando a la dirección.

Entonces pregúntese:

¿esa forma de trabajar podrá sostener la empresa que queremos construir?

Si la respuesta genera dudas, quizá el siguiente paso no consista únicamente en trabajar más para crecer.

Quizá sea momento de comenzar a construir la organización que ese crecimiento necesitará.

Porque llega un momento en la evolución de cualquier empresa en el que el verdadero progreso ya no consiste en exigir más esfuerzo.

Consiste en desarrollar mayor capacidad.

No hacer más por hacer más.

Hacer mejor aquello que realmente produce resultados.

Y conseguir que la organización sea cada vez menos dependiente del esfuerzo extraordinario y cada vez más capaz de producir resultados de manera consistente.

Ésa puede ser una de las diferencias fundamentales entre una empresa que simplemente se hace más grande y una empresa que verdaderamente evoluciona.

Con esta Edición No. 005 llegamos al final de nuestra Serie 2:

“Cuando la empresa crece, pero la organización no”

A lo largo de estas cinco ediciones analizamos una realidad que puede presentarse incluso en empresas exitosas: el negocio puede crecer más rápido que la organización que debe sostenerlo.

Vimos empresas que aumentaron sus ventas y operaciones, pero continuaron trabajando como cuando eran pequeñas.

Organizaciones que ya tienen gerentes, pero donde prácticamente todo sigue dependiendo del director.

Empresas donde una parte importante del conocimiento permanece concentrada en determinadas personas.

Equipos que trabajan intensamente, pero continúan resolviendo una y otra vez los mismos problemas.

Y finalmente llegamos a una conclusión:

hay un momento en el crecimiento empresarial en el que trabajar más deja de ser la respuesta. La organización necesita aprender a trabajar mejor.

Pero esto abre una nueva pregunta.

Si los problemas se repiten, las urgencias consumen nuestros días y muchas decisiones empresariales se toman basándose principalmente en experiencia, percepción o intuición:

¿realmente sabemos qué está sucediendo dentro de nuestra empresa?

Ese será precisamente nuestro siguiente tema.

 

SERIE 3 | “Creemos conocer nuestra empresa… hasta que empezamos a medirla”

En nuestra próxima serie hablaremos de uno de los mayores riesgos de la gestión empresarial:

tomar decisiones basándonos en lo que creemos que está sucediendo, en lugar de comprobar lo que realmente está sucediendo.

Hablaremos de indicadores, información, percepción, síntomas, causas y de esa peligrosa ceguera de taller que puede llevarnos a convivir durante años con problemas que ya consideramos normales.

Porque antes de decidir qué cambiar, existe una pregunta mucho más importante:

¿Sabemos realmente qué necesitamos mejorar?

Nos encontramos en la próxima serie de la Biblioteca Ejecutiva Impulsa y Crece®.

Toda empresa puede mejorar. Todo comienza con el liderazgo.

Lic. Pablo Corona Díaz

Fundador & CEO de Impulsa y Crece®
Creador del Sistema Impulsa 360®
Asesor y Capacitador Empresarial

Todos los derechos reservados Impulsa y Crece®



SERIE 2 | Cuando la empresa crece, pero la organización no Edición No. 004

 

Todos están ocupados… pero los problemas siguen siendo los mismos

Por el Lic. Pablo Corona Díaz

Impulsa y Crece®

Hay empresas en las que nadie parece tener un minuto libre.

Los teléfonos suenan.

Llegan mensajes constantemente.

Las reuniones se suceden durante todo el día.

Los gerentes van de un problema a otro.

Los supervisores atienden urgencias.

Los colaboradores trabajan bajo presión.

El director comienza temprano y termina tarde.

Todos están ocupados.

Muchos incluso están agotados.

Sin embargo, cuando termina la semana y observamos lo sucedido, encontramos algo inquietante:

los problemas que resolvimos son prácticamente los mismos que resolvimos la semana anterior.

Una entrega volvió a retrasarse.

Producción volvió a tener el mismo inconveniente.

Ventas volvió a prometer algo que Operaciones no podía cumplir.

El inventario volvió a presentar diferencias.

Un cliente volvió a reclamar.

La información volvió a llegar tarde.

Y nuevamente fue necesario reunir a varias personas para resolver urgentemente la situación.

La empresa trabaja mucho.

El problema es que trabajar mucho y avanzar no siempre son la misma cosa.

 

La capacidad de resolver problemas puede convertirse en una trampa

Toda empresa necesita personas capaces de reaccionar.

Cuando surge una dificultad, alguien debe resolverla.

Cuando un cliente tiene un problema, debemos responder.

Cuando una operación se detiene, hay que actuar.

La capacidad de reacción es indispensable.

De hecho, muchas empresas han conseguido crecer precisamente porque desarrollaron una enorme habilidad para resolver problemas rápidamente.

El cliente llama.

Alguien interviene.

El pedido está en riesgo.

Todos se movilizan.

Falta material.

Se consigue.

Aparece un error.

Se corrige.

La operación continúa.

Y al final aparece una frase que parece confirmar el éxito:

“Ya quedó resuelto.”

Pero existe una pregunta que hacemos con mucha menor frecuencia:

¿quedó resuelto o solamente conseguimos que el problema dejara de molestarnos por el momento?

Ahí comienza una diferencia fundamental.

 

Resolver la consecuencia no significa eliminar la causa

Imaginemos que un cliente recibe tarde su pedido.

La empresa reacciona.

Ventas llama a Producción.

Producción presiona a Logística.

Logística consigue transporte.

El gerente interviene.

Finalmente, el pedido llega.

Problema resuelto.

¿Realmente?

Tal vez.

Pero también podría suceder que nadie investigara por qué el pedido estuvo en riesgo desde el principio.

¿La fecha prometida era realista?

¿Existía suficiente inventario?

¿Producción recibió la información a tiempo?

¿Hubo un error de planeación?

¿El proceso depende demasiado de una persona?

¿Existe una falla recurrente entre departamentos?

Si solamente conseguimos entregar el pedido, resolvimos la consecuencia.

La causa puede continuar exactamente en el mismo lugar.

Y entonces solamente necesitamos esperar.

Tarde o temprano aparecerá otro pedido con el mismo problema.

 “Eso ya había pasado”

Ésta es una de las frases que más debería llamar nuestra atención dentro de una organización:

“Eso ya había pasado.”

Porque cuando un problema se repite, algo nos está diciendo.

La primera vez puede ser un incidente.

La segunda merece atención.

Cuando ocurre constantemente, probablemente ya no estamos frente a una casualidad.

Estamos frente a un patrón.

Sin embargo, las empresas sometidas permanentemente a presión tienen poco tiempo para observar patrones.

La prioridad es solucionar.

Cerrar.

Entregar.

Contestar.

Continuar.

Y precisamente porque todos están ocupados resolviendo problemas, nadie encuentra tiempo para estudiar por qué continúan apareciendo.

Entonces se produce una paradoja:

no tenemos tiempo para eliminar las causas porque estamos demasiado ocupados atendiendo sus consecuencias.

 

Las urgencias generan una sensación de productividad

Existe algo particularmente engañoso en trabajar bajo presión.

Produce movimiento.

Las personas corren.

Se realizan llamadas.

Se toman decisiones.

Se convocan reuniones.

Se envían mensajes.

Se consiguen soluciones.

Al terminar el día existe la sensación de haber trabajado intensamente.

Y probablemente sea cierto.

Pero actividad no necesariamente significa progreso.

Podemos pasar semanas enteras resolviendo problemas sin modificar aquello que los produce.

Es como retirar agua constantemente del piso sin detenernos a buscar de dónde viene la fuga.

Nos volvemos extraordinariamente eficientes para secar.

Pero el agua continúa apareciendo.

 

Cuando todo es urgente, algo está fallando

Todas las empresas tienen urgencias.

El mercado cambia.

Los clientes modifican pedidos.

Un proveedor falla.

Una máquina puede detenerse.

Una persona puede ausentarse.

Existen situaciones imposibles de anticipar.

El problema aparece cuando la urgencia deja de ser excepcional y se convierte en la forma normal de trabajar.

“Lo necesito para hoy.”

“Esto urge.”

“Deja lo que estás haciendo.”

“Tenemos que resolverlo inmediatamente.”

“Convoca una reunión.”

“Háblale al director.”

Cuando estas expresiones forman parte habitual de la jornada, vale la pena preguntarse:

¿realmente estamos frente a muchas situaciones extraordinarias?

¿O nuestra forma de trabajar está generando una parte importante de esas urgencias?

La diferencia es crucial.

Porque no podemos evitar todos los imprevistos.

Pero sí podemos evitar que problemas previsibles se conviertan constantemente en emergencias.

 

El costo oculto de trabajar apagando incendios

Las urgencias tienen costos evidentes.

Horas extra.

Retrasos.

Reprocesos.

Desperdicios.

Compras extraordinarias.

Entregas especiales.

Pero existen otros costos menos visibles.

Cada vez que una persona abandona su trabajo planeado para atender una emergencia, otra actividad se retrasa.

Ese retraso puede generar posteriormente una nueva urgencia.

Entonces alguien más interrumpe su trabajo.

Y comienza una cadena.

Lo urgente desplaza a lo importante.

La planeación pierde valor porque continuamente cambia.

Los equipos comienzan a acostumbrarse a trabajar reaccionando.

Y algunas personas llegan incluso a asumir que así funciona cualquier empresa.

No necesariamente.

Una organización puede acostumbrarse al desorden hasta dejar de percibirlo como desorden.

 

Las reuniones pueden convertirse en salas de emergencia

Otro síntoma aparece en las reuniones.

Una reunión gerencial debería permitir analizar resultados, revisar indicadores, anticipar riesgos, tomar decisiones y establecer acciones.

Pero en organizaciones altamente reactivas puede convertirse en algo diferente.

“¿Qué pasó con el cliente?”

“¿Por qué no salió el pedido?”

“¿Quién tenía que autorizarlo?”

“¿Cuándo llega el material?”

“¿Quién va a resolverlo?”

La reunión se transforma en una sesión para administrar problemas inmediatos.

Termina.

Todos salen con nuevos pendientes.

Una semana después vuelven a reunirse.

Y aparecen problemas muy parecidos.

Quizá con otros nombres.

Otros clientes.

Otros pedidos.

Pero con causas semejantes.

Entonces la organización puede estar utilizando sus reuniones para administrar reincidencias en lugar de generar mejoras.

 

Buscar culpables es más rápido que buscar causas

Cuando algo sale mal existe una reacción humana natural:

¿Quién fue?

¿Quién cometió el error?

¿Quién no avisó?

¿Quién autorizó?

¿Quién olvidó hacerlo?

Encontrar a una persona responsable puede ser necesario.

Pero no siempre explica por qué ocurrió el problema.

Supongamos que un colaborador capturó incorrectamente un pedido.

Podemos corregirlo.

Incluso sancionarlo si corresponde.

Pero todavía quedan preguntas:

¿El procedimiento era claro?

¿La persona recibió capacitación?

¿El sistema permite detectar el error?

¿Existe una revisión?

¿La carga de trabajo favorece equivocaciones?

¿Ya había sucedido antes?

¿Otras personas han cometido el mismo error?

Si varias personas diferentes cometen repetidamente el mismo tipo de error, quizá ya no estemos solamente frente a un problema de personas.

Tal vez estamos frente a un problema del proceso.

 

Los mejores solucionadores pueden terminar ocultando problemas

Todas las empresas tienen personas extraordinariamente resolutivas.

Cuando algo sale mal, sabemos a quién llamar.

Llegan.

Analizan.

Improvisan.

Encuentran una alternativa.

Y consiguen sacar adelante la operación.

Son colaboradores enormemente valiosos.

Pero existe un riesgo.

Mientras más eficientes sean para resolver consecuencias, menos evidente puede resultar la necesidad de eliminar las causas.

La organización aprende:

“No pasa nada. Siempre lo resolvemos.”

Hasta que un día el problema supera nuestra capacidad de reacción.

O las personas que siempre resolvían ya no están.

La verdadera fortaleza de una organización no debería medirse solamente por su capacidad para apagar incendios.

También debería medirse por cuántos incendios consiguió evitar.

 

Un problema repetido deja de ser solamente un problema

Cuando una situación aparece una y otra vez, comienza a convertirse en información.

Nos está mostrando algo.

Puede revelar una responsabilidad poco clara.

Un proceso deficiente.

Falta de capacitación.

Problemas de comunicación.

Ausencia de controles.

Una decisión incorrecta.

Falta de seguimiento.

Una condición que nunca fue corregida.

Por eso un problema repetido puede ser más valioso de lo que parece.

Nos ofrece una oportunidad para aprender.

La pregunta es si la organización solamente quiere que desaparezca rápidamente o si está dispuesta a comprender qué está tratando de decirle.

 

Resolver y aprender son dos capacidades diferentes

Una empresa puede ser extraordinariamente buena resolviendo problemas y muy deficiente aprendiendo de ellos.

Resolver significa restablecer la operación.

Aprender significa conseguir que la experiencia modifique nuestra forma de trabajar.

¿Qué ocurrió?

¿Por qué ocurrió?

¿Qué condiciones permitieron que sucediera?

¿Había ocurrido anteriormente?

¿Qué debemos cambiar?

¿Quién será responsable?

¿Cómo sabremos que realmente quedó corregido?

Estas preguntas requieren algo que normalmente escasea en organizaciones saturadas de urgencias:

tiempo para pensar.

Pero ese tiempo no es improductivo.

Puede ser precisamente el que evite dedicar muchas más horas a resolver nuevamente el mismo problema.

 

La mejora comienza cuando dejamos de aceptar la repetición como algo normal

Existe una diferencia importante entre una empresa que resuelve problemas y una empresa que mejora.

La primera consigue continuar operando.

La segunda utiliza los problemas para fortalecer su manera de operar.

Una pregunta sencilla puede comenzar a cambiar la dinámica:

“¿Cuántas veces hemos resuelto esto anteriormente?”

Si la respuesta es varias, quizá ya no necesitemos otra solución temporal.

Necesitamos comprender la causa.

Porque cada problema que vuelve representa recursos que la organización vuelve a consumir.

Tiempo.

Dinero.

Energía.

Atención gerencial.

Credibilidad.

Y, en ocasiones, confianza del cliente.

 

Trabajar menos en urgencias permite trabajar más en el futuro

Una organización que consigue reducir problemas recurrentes libera capacidad.

Los supervisores pueden supervisar mejor.

Los gerentes pueden desarrollar a sus equipos.

Las reuniones pueden utilizarse para analizar resultados.

Los colaboradores pueden concentrarse en su trabajo planeado.

Y la dirección puede dedicar mayor atención a decisiones estratégicas.

No significa que desaparecerán los problemas.

Eso sería poco realista.

Significa algo diferente:

la empresa deja de aceptar que los mismos problemas formen parte permanente de su manera de trabajar.

Ese cambio puede parecer pequeño.

Pero representa un paso importante hacia una organización más madura.

 

REFLEXIÓN EJECUTIVA

Piense en los problemas que más tiempo consumieron durante los últimos treinta días.

Ahora pregúntese:

¿Cuántos eran realmente nuevos?

¿Y cuántos ya habían ocurrido anteriormente?

Si identifica varios problemas repetidos, no comience preguntando quién los resolvió.

Pregunte:

¿por qué seguimos teniendo que resolverlos?

Porque una organización no mejora simplemente cuando consigue solucionar más problemas.

Mejora cuando desarrolla la capacidad de evitar que los mismos problemas continúen regresando.

Y quizá una de las señales más importantes de crecimiento organizacional aparezca cuando dejamos de sentir orgullo por vivir apagando incendios y comenzamos a sentirlo por haber construido una empresa donde cada vez existen menos incendios que apagar.

Toda empresa puede mejorar. Todo comienza con el liderazgo.

Lic. Pablo Corona Díaz

Fundador & CEO de Impulsa y Crece®
Creador del Sistema Impulsa 360®
Asesor y Capacitador Empresarial

Todos los derechos reservados Impulsa y Crece®

SERIE 2 | Cuando la empresa crece, pero la organización no. Edición No. 003

 

“Sólo él sabe cómo se hace”: cuando el conocimiento de la empresa vive en las personas

Por el Lic. Pablo Corona Díaz

Impulsa y Crece®

En prácticamente todas las empresas existen personas que parecen indispensables.

La colaboradora que conoce perfectamente cómo funciona determinado proceso.

El supervisor que sabe resolver los problemas que nadie más puede solucionar.

El vendedor que conoce todos los antecedentes de sus principales clientes.

La persona administrativa que sabe dónde encontrar cada documento.

El responsable de producción que identifica una falla solamente con escuchar una máquina.

O aquel colaborador al que todos recurren cuando aparece una situación fuera de lo normal.

Son personas valiosas.

Muchas veces extraordinariamente valiosas.

El problema comienza cuando escuchamos frases como:

“Eso solamente lo sabe hacer él.”

“Pregúntale a ella, porque es quien sabe cómo funciona.”

“Cuando regrese lo resolvemos.”

“Siempre lo ha llevado esa persona.”

Entonces conviene hacernos una pregunta:

¿el conocimiento pertenece realmente a la empresa o solamente está temporalmente dentro de determinadas personas?

La diferencia puede parecer pequeña.

Para una organización que está creciendo, es enorme.

 

Cuando éramos pocos, todos sabíamos cómo funcionaban las cosas

En una empresa pequeña, gran parte del conocimiento se transmite naturalmente.

Las personas trabajan cerca unas de otras.

Los problemas se comentan.

Los procedimientos se aprenden observando.

El fundador explica directamente cómo quiere que se hagan las cosas.

Los colaboradores con mayor experiencia enseñan a los nuevos.

Y muchas actividades no necesitan instrucciones formales porque quienes participan llevan años realizándolas.

Este modelo puede funcionar perfectamente durante una etapa.

Pero conforme la empresa crece comienzan a incorporarse más personas.

Aparecen nuevos turnos.

Nuevos departamentos.

Más clientes.

Más productos.

Más proveedores.

Más operaciones.

Y llega un momento en que ya no todos saben lo que antes todos sabían.

Sin embargo, la empresa puede continuar trabajando como si ese conocimiento siguiera siendo compartido.

Ahí comienzan los problemas.

 

El conocimiento invisible

Existe una enorme cantidad de conocimiento empresarial que nunca aparece en un organigrama.

¿Cómo se atiende realmente a determinado cliente?

¿Qué proveedor puede responder ante una emergencia?

¿Qué hacer cuando ocurre una excepción en producción?

¿Cómo se calcula determinada cotización especial?

¿Por qué cierto procedimiento se realiza de esa manera?

¿Qué errores se cometieron anteriormente y qué aprendimos de ellos?

¿Qué señales indican que una máquina comenzará a fallar?

¿Cómo se resuelve una situación poco frecuente?

En muchas empresas, las respuestas existen.

El problema es que están en la cabeza de alguien.

Mientras esa persona esté disponible, aparentemente no sucede nada.

Pero basta que salga de vacaciones, se incapacite, cambie de puesto o abandone la empresa para descubrir cuánto dependíamos realmente de ella.

 “Espérate a que regrese”

Hay una frase que revela con enorme claridad esta dependencia:

“Tenemos que esperar a que regrese.”

Quizá el colaborador está en una junta.

De vacaciones.

Visitando a un cliente.

Atendiendo otra emergencia.

O simplemente no está disponible.

Entonces determinada actividad se detiene.

Nadie sabe exactamente qué hacer.

Aparecen llamadas.

Mensajes.

Preguntas.

Archivos que nadie encuentra.

Contraseñas que solamente alguien conoce.

Decisiones que nadie quiere tomar.

La organización descubre repentinamente que una parte de su capacidad operativa no estaba realmente en la empresa.

Estaba concentrada en una persona.

 

La experiencia es invaluable; la dependencia es peligrosa

Esto no significa que debamos intentar sustituir la experiencia humana con manuales.

Sería un error.

Una persona que lleva quince o veinte años trabajando en determinada actividad posee criterio, experiencia y conocimientos que difícilmente pueden reducirse a un procedimiento.

Ese conocimiento tiene un enorme valor.

Precisamente por eso la empresa debería protegerlo.

El riesgo aparece cuando nunca se ha hecho el esfuerzo de identificar qué parte de esa experiencia debería convertirse también en conocimiento organizacional.

No se trata de documentarlo absolutamente todo.

Se trata de identificar aquello que es crítico para que la organización pueda continuar funcionando.

Porque una cosa es tener personas valiosas.

Y otra muy diferente es tener procesos que solamente pueden funcionar gracias a ellas.

 

El problema suele descubrirse demasiado tarde

Mientras la persona clave permanece en la organización, la dependencia puede pasar inadvertida.

Incluso puede confundirse con eficiencia.

“Juan se encarga de eso.”

“María conoce perfectamente ese cliente.”

“Roberto siempre resuelve esos problemas.”

“Déjaselo a Laura, ella sabe cómo hacerlo.”

Todo parece funcionar.

Hasta que un día esa persona presenta su renuncia.

Entonces comienza la urgencia.

“Necesitamos que capacite a alguien.”

“Que deje todos sus pendientes.”

“Que explique cómo realiza el proceso.”

“Que entregue sus archivos.”

“Que documente todo antes de irse.”

En dos semanas intentamos recuperar conocimiento construido durante diez años.

Y descubrimos que muchas cosas nunca estuvieron documentadas porque nadie imaginó que algún día sería necesario hacerlo.

 

Cuando llega alguien nuevo, comienza otra vez desde cero

La dependencia del conocimiento individual también genera otro costo importante.

La curva de aprendizaje.

En algunas empresas, cada nuevo colaborador aprende principalmente mediante prueba y error.

Pregunta.

Observa.

Se equivoca.

Pregunta nuevamente.

Descubre que determinada actividad no se realiza como le explicaron.

Encuentra información diferente dependiendo de quién responda.

Y después de varios meses comienza finalmente a comprender cómo funciona realmente la organización.

Cuando esa persona se va y llega alguien nuevo, el proceso comienza nuevamente.

La empresa vuelve a pagar por aprender aquello que ya sabía.

Eso debería llamar nuestra atención.

Una organización madura no solamente acumula experiencia en sus personas.

También desarrolla mecanismos para conservar y transmitir aquello que aprende.

 

“Cada quien tiene su manera de hacerlo”

Otro síntoma aparece cuando preguntamos cómo se realiza determinado proceso y recibimos varias respuestas.

“Yo lo hago así.”

“Nosotros utilizamos este formato.”

“En el turno de la tarde lo hacemos diferente.”

“A mí me enseñaron de otra manera.”

“El gerente anterior nos pidió hacerlo así.”

Esto no significa necesariamente que una de las personas esté equivocada.

Puede significar simplemente que nunca se estableció con suficiente claridad cuál es la mejor manera conocida de realizar esa actividad.

Cuando esto sucede, la empresa comienza a experimentar variaciones.

En tiempos.

En calidad.

En servicio.

En costos.

En resultados.

El cliente puede recibir experiencias diferentes dependiendo de quién lo atienda.

Y la dirección puede terminar evaluando resultados sin saber que las personas están ejecutando el mismo proceso de maneras distintas.

 

Documentar tampoco significa llenar la empresa de manuales

Aquí aparece nuevamente el riesgo de caer en el extremo contrario.

Cuando hablamos de conservar conocimiento, algunas personas imaginan cientos de procedimientos que nadie consulta.

Ese tampoco es el objetivo.

Un documento que existe únicamente para cumplir un requisito y permanece guardado durante años aporta poco valor.

La documentación útil debe servir para trabajar.

Puede ser una instrucción sencilla.

Una lista de verificación.

Un diagrama.

Un procedimiento.

Un video breve.

Una matriz de responsabilidades.

Una guía para resolver excepciones.

Una base de conocimiento.

Lo importante no es el formato.

Lo importante es que el conocimiento crítico pueda encontrarse, comprenderse, utilizarse y actualizarse.

 

Hay conocimientos que deben permanecer en las personas

No todo puede ni debe estandarizarse.

El criterio de un buen negociador.

La sensibilidad de un líder.

La capacidad para comprender a un cliente.

La experiencia para identificar una situación excepcional.

La creatividad.

La intuición desarrollada durante años.

Son capacidades humanas que aportan enorme valor.

El objetivo no consiste en convertir a las personas en ejecutores de instrucciones.

Consiste en evitar que actividades esenciales para la empresa dependan innecesariamente de información que nadie más posee.

Una organización sólida combina ambas cosas:

personas con experiencia y sistemas que conservan conocimiento.

 

La pregunta no es quién sabe hacerlo

Cuando aparece una actividad importante, normalmente preguntamos:

“¿Quién sabe hacer esto?”

Quizá deberíamos agregar algunas preguntas:

¿Hay alguien más que pueda hacerlo?

¿Existe información suficiente para aprenderlo?

¿Qué sucedería si esa persona no estuviera disponible mañana?

¿Cuánto tiempo tardaríamos en recuperar esa capacidad?

¿Qué conocimiento crítico se perdería si abandonara la empresa?

¿Tenemos identificadas nuestras principales dependencias?

Estas preguntas permiten observar la organización desde una perspectiva diferente.

No se trata de desconfiar de las personas.

Se trata de proteger a la empresa.

Y también de proteger a las propias personas de convertirse permanentemente en el único punto de solución.

 

Ser indispensable tampoco siempre es una ventaja

Existe una paradoja interesante.

A veces consideramos que una persona es extraordinariamente valiosa porque nadie más puede hacer lo que ella hace.

Pero esa misma situación puede convertirse en una limitación para su desarrollo.

No puede cambiar de puesto porque nadie puede sustituirla.

No puede asumir nuevas responsabilidades porque debe seguir atendiendo la operación.

No puede ausentarse tranquilamente porque continuamente la consultan.

No puede desarrollar a otros porque siempre está resolviendo.

Su conocimiento la hizo indispensable.

Y precisamente por ser indispensable puede quedar atrapada en la misma función.

Una buena organización no debería premiar únicamente a quien sabe resolver.

También debería valorar a quien desarrolla capacidad en los demás.

 

El conocimiento debe crecer junto con la empresa

Cuando una empresa crece, también crece su experiencia acumulada.

Cada problema resuelto deja un aprendizaje.

Cada cliente enseña algo.

Cada error aporta información.

Cada mejora genera conocimiento.

Cada colaborador experimentado desarrolla mejores formas de trabajar.

Todo eso constituye un activo.

Aunque no aparezca en el balance financiero.

La pregunta es:

¿ese activo se está quedando en la organización?

Porque si cada persona que se retira se lleva consigo una parte importante de lo aprendido, la empresa puede tener muchos años de existencia y continuar aprendiendo repetidamente las mismas lecciones.

 

De personas que saben a una organización que aprende

El verdadero salto ocurre cuando el conocimiento deja de circular exclusivamente mediante preguntas personales.

Cuando las mejores prácticas pueden compartirse.

Cuando los errores generan aprendizaje.

Cuando los procesos importantes tienen claridad.

Cuando las nuevas personas pueden incorporarse más rápidamente.

Cuando el conocimiento crítico tiene respaldo.

Cuando diferentes colaboradores pueden resolver determinadas situaciones.

Y cuando las personas con mayor experiencia utilizan parte de su conocimiento para desarrollar a otros.

Entonces la empresa comienza a construir algo mucho más importante que procedimientos:

memoria organizacional.

Y esa memoria permite crecer sin comenzar nuevamente desde cero cada vez que cambia una persona.

 

REFLEXIÓN EJECUTIVA

Piense en las cinco personas que hoy considera más indispensables dentro de su empresa.

Ahora imagine que, por cualquier circunstancia, ninguna pudiera presentarse a trabajar durante los próximos treinta días.

¿Qué se detendría?

¿Qué información sería difícil encontrar?

¿Qué decisiones nadie sabría tomar?

¿Qué clientes podrían verse afectados?

¿Qué procesos comenzarían a fallar?

¿Qué conocimiento descubriríamos demasiado tarde que solamente ellas poseían?

Las respuestas no indican necesariamente un problema con esas personas.

Todo lo contrario.

Nos muestran cuánto conocimiento valioso han construido.

La verdadera pregunta es cuánto de ese conocimiento también ha conseguido construir la organización.

Porque una empresa crece cuando incorpora personas capaces.

Pero se fortalece cuando consigue que lo aprendido permanezca y pueda multiplicarse.

Toda empresa puede mejorar. Todo comienza con el liderazgo.

Lic. Pablo Corona Díaz

Fundador & CEO de Impulsa y Crece®
Creador del Sistema Impulsa 360®
Asesor y Capacitador Empresarial

Todos los derechos reservados Impulsa y Crece®

SERIE 2 | Cuando la empresa crece, pero la organización no. Edición No. 002

 

Tenemos gerentes… pero todo sigue dependiendo del director

Por el Lic. Pablo Corona Díaz
Impulsa y Crece®

La empresa ha crecido.

Ya existe un gerente comercial, un responsable administrativo, un jefe de operaciones, supervisores y quizá responsables de diferentes departamentos.

El organigrama demuestra que la empresa ya no es aquella pequeña organización de sus primeros años.

Sin embargo, basta observar un día normal de trabajo para descubrir algo interesante.

—Hay que preguntarle al director.

—No podemos hacerlo hasta que lo autorice.

—El gerente dijo que primero quiere consultarlo.

—Mejor esperemos a que llegue.

—Eso solamente lo puede decidir él.

Entonces aparece una contradicción:

la empresa tiene una estructura gerencial, pero continúa funcionando alrededor de una sola persona.

Y normalmente esa persona es el director general.

El problema no necesariamente está en que quiera controlar todo.

Tampoco significa automáticamente que los gerentes sean incompetentes.

En muchas ocasiones estamos frente a algo mucho más profundo:

la empresa creó puestos conforme fue creciendo, pero no desarrolló al mismo ritmo la capacidad para distribuir responsabilidades y decisiones.

 

Al principio, decidir todo era perfectamente posible

Cuando una empresa tiene pocos colaboradores, es natural que prácticamente todas las decisiones pasen por su fundador o director.

Él conoce a los clientes.

Conoce los costos.

Conoce a los proveedores.

Sabe cuánto dinero hay disponible.

Recuerda los compromisos adquiridos.

Conoce personalmente a los colaboradores.

Y probablemente participó directamente en la construcción de buena parte de los procesos.

Preguntarle tiene sentido.

Es rápido.

Es práctico.

Y durante años puede funcionar extraordinariamente bien.

Pero la empresa comienza a crecer.

Llegan nuevos clientes.

Se incorporan colaboradores.

Aumentan las operaciones.

Aparecen departamentos.

Se nombran supervisores.

Después coordinadores.

Después gerentes.

Lo curioso es que, aunque la estructura cambia, la forma de tomar decisiones muchas veces permanece intacta.

Ahora hay más personas responsables, pero el director continúa decidiendo prácticamente lo mismo que cuando la empresa tenía diez colaboradores.

Solamente que ahora hay muchas más decisiones esperando su atención.

 

El cuello de botella que nadie ve

Imaginemos una empresa en la que cinco gerentes necesitan consultar regularmente al director.

Cada uno tiene colaboradores que, a su vez, dependen de determinadas decisiones de su gerente.

Una autorización se retrasa.

Una compra espera.

Un cliente necesita respuesta.

Una contratación se detiene.

Un descuento comercial necesita aprobación.

Una modificación en producción queda pendiente.

Un proveedor espera confirmación.

Por separado parecen pequeños asuntos.

Pero todos tienen algo en común:

están esperando a la misma persona.

La empresa puede tener cincuenta colaboradores y cinco gerentes, pero si las decisiones importantes y muchas decisiones operativas terminan concentrándose en un solo escritorio, la capacidad real de la organización está limitada por la capacidad de atención de una persona.

No importa cuánto crezca el resto de la estructura.

El cuello de botella permanece arriba.

 

“Pero si no lo reviso yo, las cosas salen mal”

Esta preocupación es perfectamente comprensible.

Muchos directores comenzaron a concentrar decisiones precisamente porque tuvieron experiencias negativas al delegarlas.

Un gerente tomó una mala decisión.

Un supervisor cometió un error.

Un cliente importante recibió una respuesta inadecuada.

Se realizó una compra que no correspondía.

Alguien asumió una responsabilidad para la que todavía no estaba preparado.

La reacción fue lógica:

“A partir de ahora, esto lo reviso yo.”

El problema aparece cuando esa solución temporal se convierte en la forma permanente de dirigir.

Cada error provoca una nueva autorización.

Cada incidente agrega un control.

Cada mala decisión reduce la autonomía.

Y poco a poco la empresa construye un sistema en el que las personas aprenden algo muy diferente a decidir:

aprenden a preguntar.

 

Cuando preguntar resulta más seguro que decidir

Pongámonos por un momento en el lugar de un gerente.

Tiene dos alternativas.

Puede tomar una decisión bajo su responsabilidad.

Si acierta, probablemente simplemente hizo su trabajo.

Si se equivoca, tendrá que explicar por qué decidió sin consultar.

La segunda alternativa es preguntar al director.

Si la decisión resulta correcta, no existe problema.

Y si resulta incorrecta, la decisión no fue suya.

¿Cuál parece más segura?

Preguntar.

Cuando esta dinámica se repite durante años, puede desarrollarse una cultura de dependencia.

Los gerentes dejan de preguntarse:

“¿Qué decisión corresponde tomar?”

Y comienzan a preguntarse:

“¿Qué querrá que hagamos el director?”

La diferencia parece pequeña.

Organizacionalmente es enorme.

Porque una empresa no desarrolla capacidad gerencial solamente nombrando gerentes.

La desarrolla cuando esas personas aprenden a analizar, decidir, asumir responsabilidad y responder por resultados.

 

Delegar no significa abandonar el control

Aquí aparece uno de los grandes malentendidos de la dirección empresarial.

Se piensa que existen únicamente dos alternativas:

controlarlo todo o dejar que cada quien haga lo que quiera.

Ninguna de las dos representa una buena gestión.

Delegar no significa renunciar al control.

Significa cambiar la forma de ejercerlo.

Un director no necesita tomar personalmente cada decisión para conservar el control de su empresa.

Necesita saber:

qué decisiones corresponden a cada nivel,

qué resultados espera,

qué límites deben respetarse,

qué indicadores deben observarse,

qué situaciones requieren escalamiento,

y cuándo debe intervenir la dirección.

Eso es muy diferente.

El control deja de depender de estar presente en cada decisión y comienza a depender de la claridad con la que funciona la organización.

 

Un gerente sin autoridad termina siendo solamente un intermediario

Podemos entregar a alguien una oficina.

Un título.

Un equipo.

Una tarjeta que diga “Gerente”.

Pero si para prácticamente todo necesita autorización, su capacidad real de gestión será limitada.

Entonces ocurre algo frecuente.

Un colaborador plantea un problema al gerente.

El gerente consulta al director.

El director responde.

El gerente transmite la respuesta al colaborador.

Formalmente existe una cadena de mando.

En la práctica, el gerente funciona como mensajero.

Y esto tiene otra consecuencia.

Los colaboradores rápidamente descubren dónde se toman realmente las decisiones.

Entonces algunos comienzan a saltarse niveles.

¿Por qué hablar con el gerente si finalmente tendrá que preguntarle al director?

Poco a poco la autoridad formal del gerente comienza a debilitarse.

No necesariamente porque el director lo pretenda.

Sino porque la organización aprende quién tiene verdaderamente la capacidad de decidir.

 

El director termina haciendo el trabajo de todos

Cuando demasiadas decisiones llegan a la dirección, el problema no termina en los retrasos.

Existe un costo todavía mayor.

El director comienza a utilizar una parte considerable de su tiempo resolviendo asuntos que corresponden a otros niveles de la organización.

Revisa pendientes.

Autoriza compras menores.

Resuelve diferencias entre departamentos.

Contesta preguntas operativas.

Da seguimiento a actividades.

Interviene en problemas cotidianos.

Confirma decisiones que otros ya analizaron.

Y al final del día puede tener una sensación paradójica:

trabajó muchísimo, pero avanzó muy poco en los asuntos verdaderamente estratégicos.

Porque mientras estaba resolviendo el presente, alguien tenía que estar pensando en el futuro.

¿Nuevos mercados?

¿Nuevos competidores?

¿Rentabilidad?

¿Riesgos?

¿Desarrollo del equipo directivo?

¿Innovación?

¿Clientes estratégicos?

¿Crecimiento?

Esos temas rara vez llegan gritando.

Las urgencias sí.

Por eso, cuando la dirección vive absorbida por la operación, lo urgente termina desplazando sistemáticamente a lo importante.

 

Y mientras tanto, los gerentes tampoco crecen

Existe otra consecuencia menos evidente.

Cuando el director resuelve constantemente los problemas de sus gerentes, también les quita oportunidades para desarrollarse.

Tomar decisiones implica analizar.

Evaluar riesgos.

Considerar alternativas.

Equivocarse ocasionalmente.

Corregir.

Aprender.

Asumir consecuencias.

Volver a decidir.

Así se desarrolla criterio.

Si cada situación compleja termina escalándose inmediatamente a la dirección, los mandos pueden acumular años en un puesto sin desarrollar verdaderamente capacidad directiva.

Entonces aparece otra frase conocida:

“No puedo delegar porque no están preparados.”

Pero vale la pena formular la pregunta inversa:

¿Cómo van a prepararse si nunca tienen oportunidad real de decidir?

 

Delegar decisiones también exige desarrollar personas

No todas las decisiones deben delegarse.

Y no todas las personas están preparadas hoy para asumir el mismo nivel de responsabilidad.

Eso es normal.

El error consiste en pensar que solamente existen dos posibilidades:

“Está preparado.”

o

“No está preparado.”

El desarrollo gerencial es precisamente el proceso que existe entre ambas situaciones.

Primero pueden asignarse decisiones de menor riesgo.

Después establecer criterios.

Revisar resultados.

Analizar errores.

Aumentar gradualmente el nivel de responsabilidad.

Y acompañar el proceso hasta que la persona demuestre capacidad suficiente.

Delegar adecuadamente no consiste simplemente en decir:

“A partir de ahora tú decides.”

Consiste en construir las condiciones para que alguien pueda decidir correctamente.

 

Una pregunta sencilla puede cambiar la dinámica

Cuando un gerente llega con un problema, el director puede resolverlo inmediatamente.

Probablemente incluso conozca la respuesta.

Pero existe otra posibilidad.

Antes de responder, preguntar:

“¿Tú qué propones?”

La pregunta parece sencilla.

Pero obliga a cambiar la posición mental de quien consulta.

Ya no basta con presentar el problema.

Ahora debe analizarlo.

Construir alternativas.

Evaluar consecuencias.

Y formular una recomendación.

Después pueden venir otras preguntas:

¿Por qué?

¿Qué alternativas consideraste?

¿Cuál es el riesgo?

¿Qué información utilizaste?

¿Qué resultado esperas?

¿Qué harías si no funciona?

De esta manera, una conversación que anteriormente servía únicamente para obtener una autorización puede comenzar a convertirse en un ejercicio de desarrollo gerencial.

 

La dirección debe conservar las decisiones que realmente le corresponden

Descentralizar no significa que todo deba decidirse en cualquier nivel.

Existen decisiones que por su impacto financiero, estratégico, legal, reputacional o humano necesariamente deben permanecer en la alta dirección.

El objetivo no consiste en retirar al director de la empresa.

Consiste en evitar que utilice su capacidad en decisiones que podrían resolverse adecuadamente en otros niveles.

La pregunta relevante no es:

“¿Qué decisiones puedo dejar de controlar?”

La pregunta puede ser mucho más útil:

“¿Qué decisiones requieren realmente mi intervención?”

La diferencia cambia completamente la perspectiva.

 

¿Tenemos gerentes o solamente personas con puestos gerenciales?

Vale la pena observar la organización con objetividad.

Cuando aparece un problema en un departamento:

¿el gerente lo analiza o inmediatamente lo escala?

¿Presenta alternativas o solamente presenta problemas?

¿Conoce los indicadores de su área?

¿Tiene claridad sobre qué puede decidir?

¿Asume responsabilidad por los resultados?

¿Desarrolla a sus colaboradores?

¿Coordina con otras áreas?

¿Previene problemas o principalmente reacciona ante ellos?

¿Puede explicar por qué toma determinada decisión?

Y quizá la pregunta más importante:

¿la organización le ha dado las condiciones, autoridad y desarrollo necesarios para hacerlo?

Porque exigir resultados sin proporcionar capacidad de decisión también genera frustración.

 

El verdadero crecimiento ocurre cuando aumenta la capacidad de la organización

Una empresa no se fortalece porque el director consiga resolver cada vez más problemas.

Se fortalece cuando cada vez existen más personas capaces de resolver correctamente los problemas que les corresponden.

No se fortalece cuando todo el conocimiento termina concentrado arriba.

Se fortalece cuando desarrolla criterio en diferentes niveles.

No se fortalece cuando la dirección tiene todas las respuestas.

Se fortalece cuando construye una organización capaz de encontrar respuestas sin depender permanentemente de una sola persona.

Ésa es una transición importante en cualquier empresa que está creciendo.

Pasar de:

“Yo tengo que decidir.”

a:

“Hemos desarrollado una organización capaz de decidir.”

 

REFLEXIÓN EJECUTIVA

Observe durante una semana cuántas decisiones llegan hasta usted.

Después clasifíquelas.

¿Cuántas realmente requerían la intervención de la Dirección General?

¿Cuántas podrían haber sido tomadas por un gerente con criterios suficientemente claros?

¿Cuántas llegaron hasta usted simplemente porque:

“siempre lo hemos hecho así”?

Quizá descubra que el problema no es solamente que sus gerentes necesitan aprender a decidir.

También puede ser necesario que la propia dirección aprenda progresivamente qué decisiones ya no necesita tomar.

Porque cuando una empresa crece, el director también debe crecer en su manera de dirigir.

Toda empresa puede mejorar. Todo comienza con el liderazgo.

Lic. Pablo Corona Díaz

Fundador & CEO de Impulsa y Crece®
Creador del Sistema Impulsa 360®
Asesor y Capacitador Empresarial

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