Cuando todo es importante, la empresa termina perdiendo el rumbo

 

En muchas empresas existe una situación que, a primera vista, parece positiva: hay mucho trabajo.

Las reuniones se multiplican, los pendientes crecen, los clientes solicitan atención, los colaboradores requieren respuestas, aparecen nuevos proyectos y constantemente surgen asuntos que parecen necesitar una solución inmediata.

El problema comienza cuando la empresa deja de distinguir entre estar ocupada y estar avanzando.

Una organización puede trabajar intensamente todos los días y, sin embargo, no estar acercándose de manera significativa a sus objetivos.

Esta situación suele aparecer cuando prácticamente todo se considera prioritario.

Una situación con un cliente es urgente.
Un problema con un colaborador requiere atención inmediata.
Una nueva oportunidad comercial parece demasiado importante para dejarla pasar.
Un proyecto interno debe terminarse cuanto antes.
Una reunión más parece necesaria para resolver lo que no se resolvió en la anterior.

Y así, poco a poco, la operación termina absorbiendo la estrategia.

La trampa de las prioridades

Uno de los errores más frecuentes en la gestión empresarial consiste en utilizar la palabra prioridad para prácticamente cualquier asunto.

Pero si todo es prioritario, en realidad nada lo es.

Una prioridad implica establecer un orden. Significa reconocer que algunos asuntos tienen mayor impacto sobre los resultados de la empresa y, por lo tanto, requieren mayor atención, recursos y seguimiento.

Cuando una organización no establece ese orden, las decisiones suelen tomarse de acuerdo con lo que genera mayor presión en ese momento.

Y la presión no siempre corresponde a la importancia.

Lo urgente puede estar relacionado con un problema operativo que debe resolverse hoy, mientras que lo importante puede ser una decisión estratégica cuyo impacto se verá dentro de seis meses.

El problema es que lo urgente hace ruido.

Lo importante, muchas veces, no.

Gestionar no significa resolverlo todo

Existe una idea muy arraigada en algunos empresarios y directivos: si quieren que las cosas funcionen correctamente, tienen que estar pendientes de prácticamente todo.

Revisan, autorizan, corrigen, preguntan, intervienen y resuelven.

Durante cierto periodo, este modelo puede funcionar.

Pero conforme la empresa crece, comienza a convertirse en una limitación.

El directivo termina dedicando buena parte de su tiempo a resolver asuntos que podrían ser atendidos por otras personas, mientras las decisiones que realmente podrían transformar la organización permanecen pendientes.

Entonces aparece una paradoja:

la empresa crece, pero la capacidad directiva no crece al mismo ritmo.

El resultado suele ser cansancio, dependencia excesiva del propietario o director y una organización que necesita consultar constantemente a una misma persona para avanzar.

La estrategia necesita espacio para existir

La estrategia empresarial no consiste únicamente en establecer objetivos.

También implica decidir qué se hará, qué no se hará, dónde se concentrarán los recursos y cuáles son los resultados que realmente importan.

Eso requiere tiempo para analizar.

Cuando la agenda de un empresario está completamente ocupada por la operación cotidiana, resulta difícil encontrar ese espacio.

No porque la estrategia haya dejado de ser importante, sino porque la operación se ha quedado con todo el tiempo disponible.

Por eso una de las preguntas más importantes que puede hacerse un directivo es:

¿Cuánto de mi tiempo estoy dedicando a construir el futuro de la empresa y cuánto estoy utilizando para resolver el presente?

La respuesta puede ser incómoda.

Pero también puede revelar una de las principales causas por las que una empresa permanece estancada.

No todo crecimiento representa avance

También es posible que una empresa incremente sus ventas, incorpore más clientes o aumente su plantilla y, aun así, esté perdiendo capacidad de gestión.

Crecer significa aumentar el tamaño de la operación.

Avanzar significa mejorar la capacidad de la organización para alcanzar resultados de manera sostenible.

No necesariamente son lo mismo.

Una empresa que vende más, pero tiene mayores problemas de coordinación, más retrabajo, mayores conflictos internos y una dirección cada vez más saturada no necesariamente está fortaleciendo su modelo de negocio.

Puede estar creciendo sobre una estructura que todavía no está preparada para soportar ese crecimiento.

Por eso la pregunta no debería ser solamente:

¿Cuánto estamos creciendo?

También habría que preguntar:

¿Qué tan preparados estamos para sostener ese crecimiento?

Elegir también significa renunciar

Una gestión verdaderamente estratégica requiere tomar decisiones que no siempre resultan cómodas.

Significa reconocer que algunos proyectos tendrán que esperar.

Que determinadas oportunidades no son convenientes en este momento.

Que algunos clientes pueden consumir demasiados recursos.

Que ciertas reuniones pueden eliminarse.

Que determinadas actividades pueden delegarse.

Y que algunas formas tradicionales de trabajar quizá ya no son adecuadas para la empresa que se quiere construir.

Esta parte de la gestión suele ser difícil porque implica renunciar a posibilidades.

Sin embargo, una empresa no puede concentrar recursos ilimitados en todas las oportunidades al mismo tiempo.

La capacidad financiera es limitada.
El tiempo es limitado.
La atención directiva es limitada.
La capacidad de ejecución de los equipos también es limitada.

Por eso la estrategia no consiste únicamente en decidir qué hacer.

También consiste en decidir qué no hacer.

Una empresa necesita saber qué debe ocurrir primero

Una buena gestión no significa que todos los problemas desaparezcan.

Significa que la organización desarrolla la capacidad de determinar cuáles deben atenderse primero.

Para ello conviene comenzar con algunas preguntas sencillas:

¿Cuál es actualmente el principal obstáculo para que la empresa avance?

¿Qué problema, si se resolviera, tendría el mayor impacto sobre los resultados?

¿Qué actividades consumen una cantidad importante de tiempo pero generan poco valor?

¿Qué decisiones importantes llevamos demasiado tiempo posponiendo?

¿Qué depende actualmente de una sola persona para poder avanzar?

¿Estamos trabajando sobre las causas de nuestros problemas o simplemente reaccionando ante sus consecuencias?

Estas preguntas pueden parecer simples.

Sin embargo, responderlas con honestidad puede cambiar significativamente la manera en que se administra una organización.

La gestión comienza cuando existe claridad

Una empresa no necesita hacer más cosas para necesariamente mejorar.

Muchas veces necesita hacer mejor las cosas correctas.

La diferencia parece pequeña, pero tiene profundas implicaciones.

Cuando existe claridad sobre las prioridades, los equipos pueden orientar mejor sus esfuerzos.

Cuando existen objetivos concretos, resulta más sencillo evaluar avances.

Cuando las responsabilidades están definidas, disminuye la dependencia de la dirección.

Cuando las decisiones se toman con criterios claros, se reduce la improvisación.

Y cuando la organización aprende a distinguir lo urgente de lo importante, la dirección recupera espacio para pensar.

Ese espacio es fundamental.

Porque dirigir una empresa no consiste únicamente en reaccionar ante lo que sucede.

También consiste en decidir qué debe suceder después.

Una pregunta para la dirección

Tal vez el verdadero problema de algunas empresas no sea la falta de esfuerzo.

Quizá sea la falta de concentración.

Empresarios, directivos y equipos pueden estar trabajando muchas horas, atendiendo numerosos asuntos y resolviendo problemas constantemente, pero sin tener completamente claro cuáles de esas actividades están generando el avance que la organización necesita.

Por eso vale la pena detenerse y observar la empresa desde cierta distancia.

No para cuestionar el esfuerzo de las personas.

Sino para preguntarse si ese esfuerzo está realmente dirigido hacia donde la empresa necesita llegar.

Porque una organización no mejora simplemente porque todos trabajen más.

Mejora cuando sus esfuerzos están alineados, sus prioridades son claras y sus decisiones conducen hacia un mismo rumbo.

Y quizá una de las decisiones estratégicas más importantes que puede tomar una dirección sea precisamente esta:

dejar de intentar atenderlo todo y comenzar a concentrarse en aquello que realmente puede cambiar el futuro de la empresa.

 

Lic. Pablo Corona Díaz
Fundador & CEO de Impulsa y Crece®
Creador del Sistema Impulsa 360®
Asesor y Capacitador Empresarial