SERIE 2 | Cuando la empresa crece, pero la organización no Edición No. 006

 

Hay empresas que funcionan muy bien… hasta que falta la persona que sabe cómo hacer las cosas.

El responsable de compras sale de vacaciones y nadie sabe exactamente qué debe pedir.

El encargado administrativo se ausenta y comienzan las dudas sobre pagos, documentos o autorizaciones.

Un vendedor deja la empresa y con él parecen desaparecer contactos, acuerdos y parte de la relación con los clientes.

El problema no necesariamente es la capacidad de las personas.

El problema es que el conocimiento de la empresa está en las personas y no en la organización.

Cuando la experiencia se convierte en dependencia

En prácticamente todas las empresas existen colaboradores que, con los años, desarrollan una enorme experiencia.

Saben qué hacer cuando aparece determinado problema, conocen a los proveedores, recuerdan acuerdos con clientes y dominan actividades que quizá nunca fueron documentadas.

Ese conocimiento tiene un enorme valor.

El riesgo comienza cuando la empresa depende exclusivamente de ese conocimiento para funcionar.

Entonces aparecen expresiones muy comunes:

“Pregúntale a Juan, él sabe cómo se hace.”

“Eso solamente lo puede autorizar determinada persona.”

“Siempre lo hemos hecho así.”

Mientras las personas están disponibles, posiblemente el sistema funciona.

Pero basta una ausencia, una renuncia, un cambio de puesto o simplemente una sobrecarga de trabajo para descubrir que realmente no existía un proceso suficientemente establecido.

El crecimiento hace visible el problema

Cuando una empresa es pequeña, muchas actividades pueden resolverse mediante comunicación directa.

Todos se conocen, las decisiones son rápidas y buena parte de la información puede mantenerse informalmente.

Pero conforme la organización crece, esa forma de trabajar comienza a generar dificultades.

Aumentan los clientes, colaboradores, operaciones, decisiones y responsabilidades.

Lo que antes podía resolverse preguntándole a alguien ahora necesita convertirse en una manera definida de trabajar.

Si esto no ocurre, la empresa puede crecer comercialmente mientras su organización permanece prácticamente igual.

Y entonces aparecen los síntomas:

  • Actividades que se realizan de manera diferente dependiendo de quién las ejecute.
  • Errores que vuelven a presentarse.
  • Responsabilidades poco claras.
  • Información concentrada en determinadas personas.
  • Decisiones que requieren constantemente la intervención del jefe.
  • Retrasos cuando alguien no está disponible.
  • Dificultad para incorporar y capacitar nuevos colaboradores.

No necesariamente significa que las personas estén trabajando mal.

Significa que la organización necesita evolucionar junto con el negocio.

Un proceso no sustituye a las personas

Existe también una idea equivocada: pensar que documentar y establecer procesos significa burocratizar la empresa.

No debería ser así.

Un buen proceso no busca llenar carpetas de procedimientos que nadie consulta.

Su función es mucho más práctica:

establecer con claridad qué debe hacerse, quién debe hacerlo, cómo debe realizarse y qué resultado se espera obtener.

Las personas continúan aportando experiencia, criterio, creatividad y capacidad para resolver situaciones.

La diferencia es que el funcionamiento básico de la empresa deja de depender exclusivamente de la memoria o experiencia individual.

La verdadera prueba de una organización

Existe una pregunta sencilla que puede revelar mucho sobre la madurez operativa de una empresa:

¿Qué ocurriría mañana si una persona clave no pudiera presentarse a trabajar durante varias semanas?

Si determinadas actividades se detuvieran, nadie supiera cómo continuar o fuera necesario llamar constantemente a esa persona para preguntarle qué hacer, probablemente existe una dependencia que conviene atender.

No se trata de eliminar la importancia de los buenos colaboradores.

Al contrario.

Se trata de convertir parte de su experiencia en conocimiento organizacional que permanezca dentro de la empresa.

De personas indispensables a organizaciones capaces

Una empresa necesita personas competentes.

Pero también necesita estructuras, responsabilidades y procesos que permitan que esas personas trabajen dentro de un sistema organizado.

Cuando esto sucede, el conocimiento deja de estar aislado.

Las responsabilidades son más claras.

La capacitación se facilita.

Los errores pueden analizarse y corregirse.

Y la dirección puede dedicar menos tiempo a resolver situaciones operativas que deberían funcionar normalmente.

Por eso, una organización madura no es aquella en la que existen muchas personas indispensables.

Es aquella que ha conseguido que el conocimiento de sus mejores personas fortalezca la manera en que funciona toda la empresa.

 

Lic. Pablo Corona Díaz
Fundador & CEO de Impulsa y Crece®
Creador del Sistema Impulsa 360®
Asesor y Capacitador Empresarial